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ANÁLISIS

AT&T-Time Warner: de integraciones y separaciones

Ramiro Tovar

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Fueron seis semanas de juicio y transcurrió más de año y medio después de su anuncio, hasta que por una decisión judicial se permitiera simple y llanamente, sin condiciones, la adquisición de Time Warner (TW) por parte de AT&T.

El Departamento de Justicia de Estados Unidos demandó ante las instancias judiciales la transacción para impedirla, argumentando daños a la competencia y, por lo tanto, a los consumidores, lo cual no pudo demostrar ante el juez Richard Leon en forma robusta. El propio juez estableció que “el gobierno no ha satisfecho la carga de la prueba para demostrar que es probable que la fusión dé lugar a una disminución sustancial de la competencia”.

Cabe recordar que en octubre de 2016, el entonces candidato Trump se opuso a la adquisición en los siguientes términos: “como ejemplo de la estructura de poder contra la que estoy luchando, AT&T está comprando Time Warner y, por lo tanto, CNN, un trato que no aprobaremos en mi administración porque es demasiada concentración de poder en manos de muy pocos”.

¿Les suena familiar el enfoque de Trump? La concentración como única justificación para impedir una integración vertical entre producción de contenidos de televisión restringida y su distribución por medio de redes de telecomunicaciones fijas y móviles.

AT&T tiene ahora, al cerrar la adquisición, una deuda neta de 180.4 mil millones de dólares

Después de ganar AT&T el caso al Departamento de Justicia, los accionistas de TW recibieron por cada una de sus acciones, 1.4 acciones de AT&T y 53.75 dólares, lo que significa que AT&T pagó 1.185 mil millones de acciones y 42.5 mil millones de dólares en efectivo, un aproximado total de 85 mil millones de dólares.

Además, absorbió la deuda neta de TW, por lo que AT&T tiene ahora, al cerrar la adquisición, una deuda neta de 180.4 mil millones de dólares. AT&T proyecta tener eficiencias en su estructura de costos por la integración con TW de 1.5 mil millones de dólares anualizadas en 3 años y mil millones de dólares de ingresos incrementales en ese mismo plazo.

El CEO de AT&T anotó que el futuro del entretenimiento está en la convergencia de tres elementos que el nuevo AT&T ahora ha reunido: contenidos Premium, distribución directa al consumidor y redes de alta velocidad.

La nueva estructura de AT&T tendrá cuatro líneas de negocio: AT&T Communications, que ofrecerá servicios de telecomunicaciones móviles, banda ancha y video por IP para usuarios finales fijos y móviles, hogares y empresas, la cual tuvo más de 160 mil millones de dólares de ingresos el año pasado; su nueva línea de contenidos que incluirá HBO, Turner y Warner Bros., que tuvo más de 32 mil millones de dólares en ingresos en 2017; AT&T Internacional, que incluye las operaciones de telecomunicaciones móviles en México y de televisión de paga en Sudamérica y el Caribe que generaron más de 8.3 mil millones de dólares el año pasado, y otra división que será de publicidad.

La transacción se cerró a las 48 horas de haberse dado la sentencia del juez, y detonó lo que será un efecto en cadena entre empresas de telecomunicaciones y aquellas de producción y distribución de contenidos.

De inmediato se anunció el interés, ya latente, de concretar por parte del mayor operador de cable en EE.UU., Comcast, de adquirir los activos de 21st Century Fox, pero para ello tendrá que competir con Disney que también quiere adquirirlos.

La adquisición por parte de Disney no sería una integración vertical, sería una concentración horizontal, dado que ambos desarrollan contenidos y ninguno de ellos tienen control de alguna red de telecomunicaciones.

La “ola” de adquisiciones en programación y creación de contenidos nos debe recordar aquella por adquisiciones de operadores de redes móviles por parte de redes fijas; todas ellas también fueron consideradas como integraciones verticales.

Toda integración vertical genera eficiencias, y las posibles conductas anticompetitivas se impiden caso por caso por las regulaciones existentes y la aplicación de la legislación de competencia, lo anterior para permitir la innovación y la evolución del mercado que significa la integración vertical sin los costos sociales de impedirla por causa de un principio precautorio que implica prohibir o sobre regular todo lo que puede tener, aún si fuera hipotéticamente, algún riesgo aunque cancele los beneficios ciertos de dicha integración.

La adquisición de referencia deberá replantear las estrategias de competencia de Netflix y Alphabet (Google, YouTube), que carecen de estar verticalmente integrados a un proveedor de acceso a Internet, pero que bien pueden entrar en una relación contractual que emule las ventajas de una integración vertical, pero sin que implique adquirir redes de telecomunicaciones.

Entre tales estrategias y las diversas relaciones verticales contractuales se encuentran las exclusividades de programación y la inversión en contenidos altamente diferenciados y de elevado valor para las audiencias, que le han dado a Netflix su actual posición a nivel global, superando los contenidos de la TV abierta tradicional e incluso a los contenidos de la TV restringida.

¿Y en México?

Mientras tanto, en México seguimos sin convergencia plena, es decir, manteniendo una añeja restricción para Telmex de no poder hacer uso eficiente de su red al integrar servicios de TV restringida. Por el contrario, se le obliga a una separación funcional, una receta del siglo pasado, y que sólo tiene como hipotético objetivo impedir prácticas anticompetitiva respecto de otras redes, prácticas que nunca se han dado.

La separación funcional llega con la creación de un laberinto de regulaciones superpuestas y redundantes e incluso en conflicto entre sí, bajo la creencia de que dicha separación es un estado de nirvana que incluso puede servir para objetivos de cobertura universal, nada más erróneo que ello.

No nos olvidemos que el agente económico protagonista en la transacción de referencia que ha marcado el inicio de la integración entre telecomunicaciones y contenidos mediáticos ha sido objeto en México de los beneficios de la tarifa cero, que ha terminado en móvil y que terminará este año en servicios fijos.

La vigencia de la tarifa cero en alguna forma formó parte del financiamiento para la adquisición de Time Warner

Si consideramos que todos los fondos son fungibles, entonces cualquier ahorro en cualquier línea de negocio implica mayores recursos disponibles para otras. Entonces, la vigencia de la tarifa cero en alguna forma formó parte del financiamiento para la adquisición de Time Warner. ¡Que irónico! para un país al que le falta inversión en nuevas redes propias de los nuevos concesionarios y que carece de convergencia plena y paridad en oportunidades de oferta en todos los servicios.

Si en verdad no deseamos, y hasta rogamos, por no regresar a políticas y decisiones del pasado, entonces empecemos por darle visión de futuro a los operadores de telecomunicaciones, sin asimetrías y sin tratos diferenciados, sin prohibiciones particulares y sin privilegios regulatorios exclusivos.

Reconsideremos la separación funcional y, si ello se considera políticamente incorrecto, porque económicamente sería lo indicado, entonces demos paso a una desregulación a los servicios minoristas, dando libertad de incorporar nuevos servicios a la red ahora impedida. Recuperemos el tiempo perdido. Desde la existencia de tal impedimento se han acumulado 28 años. No queremos recetas del pasado, empecemos por alcanzar la tendencia del presente y incentivar las redes a invertir hacia el futuro.

Consultor independiente en regulación y competencia económica. Profesor Numerario y asesor del la Oficina de Rectoría del Instituto Tecnológico Autónomo de México. La opinión del autor no refleja necesariamente la opinión del Instituto al que se encuentra afiliado.

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ANÁLISIS

¿Cuál es el verdadero valor de la nube para los negocios?

María Rosas Casillas

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Hoy nos enfrentamos a una economía diversificada, donde los mercados y audiencias se multiplican con necesidades cada vez más específicas y donde la digitalización ha gestado una oferta competitiva que crece rápidamente tratando de atender estas nuevas demandas. Según un estudio que realizó el Instituto de Valores de Negocio de IBM, para 2020, el 90 por ciento de los modelos de negocios van a necesitar estar en la nube para ser competitivos y afrontar los retos que impondrá la economía digital. 

En los últimos años la nube ha revolucionado y potencializado los negocios por sus múltiples beneficios: eliminar los altos costos que conllevaba comprar hardware y software para almacenar grandes cantidades de datos; la gran escalabilidad, es decir, atraviesa fronteras y la información en la nube puede ser utilizada en cualquier latitud. Asimismo, ha mitigado el tiempo que antes se invertía en almacenar y distribuir información y brinda confianza y seguridad al permitir recuperar información con mayor facilidad.

Pero va más allá de eso, hoy en día, la nube está mejorando y permitiendo la innovación como nunca antes, porque es sólo ahora que la nube proporciona a la Inteligencia Artificial y el aprendizaje automatizado análisis de data con bajo costo, almacenamiento virtualmente infinito y procesamiento de datos a alta velocidad.

En este contexto, la forma como las empresas están constituidas en la actualidad puede verse mejorada de manera exponencial si las cargas de trabajo se trasladaran a la nube. Y es que con servicios que dan un gran impulso a las corporaciones como Inteligencia Artificial, blockchain y análisis de datos, la nube necesita de un trato especial enfocado a las empresas, desde un grado de seguridad empresarial para mantener toda la información clasificada, hasta la apertura de portabilidad de datos y aplicaciones que sean compatibles con entornos en ella.

A este modelo se le conoce como Nube Híbrida y, según un estudio, 98 por ciento de las organizaciones planean pasar del cloud al multicloud híbrido dentro de tres años.

Quizá todo este proceso se escuche abrumador, pero en realidad su implementación no es el mayor reto al que nos enfrentamos. Una vez implementado, la unificación y el manejo de varios proveedores de nube puede llegar a ser muy complejo, incluso para empresas que tienen un proceso avanzado en términos de transformación digital.

Es por lo anterior que IBM lanzó nuevas herramientas y servicios de nube híbrida diseñados para ayudar a las empresas a explorar fácilmente las complejidades de este nuevo panorama y de una manera más sencilla, migrar, integrar y administrar aplicaciones y cargas de trabajo con todo lo necesario para que pueda existir tanto en una nube pública o privada.

Con esto, no sólo rompemos las barreras en cuanto a la posibilidad de integrar Inteligencia Artificial a las empresas, al permitir el uso de diferentes servicios de nube a través de la plataforma IBM Cloud Private for Data, sino que aquellas compañías que cuenten con sus finanzas, datos de sus consumidores e inventario en diferentes nubes tendrán todo integrado en un solo lugar que, además, es bastante ameno en su interfaz de uso.

Esto sólo se traduce en beneficios para las compañías, pues si sumamos las capacidades de la Inteligencia Artificial en la nube, los beneficios se triplican ya que las ventas pueden aumentar y los gastos se pueden reducir significativamente.

Es evidente que hoy cobra relevancia la interoperabilidad entre nubes, incluso las que provienen de diferentes compañías, para así promover sistemas abiertos, fáciles de implementar y seguros que generen confianza en la tecnología. Así pues, apostar por la apertura beneficia a las compañías en su proceso de transformación digital, facilita la creación de aplicaciones y plataformas, reduce costos y le da un verdadero valor a los negocios.  

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América Latina y la guerra 4.0

Rodrigo Ramírez Pino

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La disputa comercial entre Estados Unidos y China ha revelado una nueva derivada de la tensión entre ambas potencias: la guerra 4.0 o la lucha por la hegemonía tecnológica del siglo XXI. Su primera batalla es quién obtiene el dominio tecnológico en el despliegue de las redes y servicios 5G.

La administración Trump puso en el centro de su ataque a Huawei, partiendo con la detención en Canadá de su directora financiera, acusando a la compañía de robo tecnológico y generando la sospecha global de espionaje y del mal uso de la información que haría la empresa China.

Hasta ahora, un par de países, que hace rato quedaron en la periferia del desarrollo de las plataformas tecnológicas, han recogido las sugerencias de Estados Unidos y han vetado a la compañía, bloqueado su participación en el mercado interno y han ido eliminando sus componentes de la red de comunicación móvil.

Lo cierto que aún no se conoce evidencia de esas acusaciones y Huawei sigue avanzando como referente del desarrollo de la arquitectura digital global.

Lo que esconden estas acusaciones es un enfrentamiento tecnológico de nueva generación, donde Occidente corre el riesgo de perder el liderazgo histórico de la innovación y el predominio del desarrollo de tecnologías, cediendo esta supremacía a manos de nuevos desafiantes y actores emergentes, en especial de China, que pasó de ser el paraíso de la copia y de la mala imitación a un gigante tecnológico mundial.

El país de Asia Oriental definió que su futuro dependía, en parte, del desarrollo de sectores claves de la economía y, para ello, y por su independencia, debía aplicar una alta tecnología para modernizar su base manufacturera, la robótica, la biogenética, los vehículos alimentados por nuevas energías, la aeronáutica espacial, la Inteligencia Artificial, la tecnología de la información, las redes de infraestructura.

En esta misma dirección avanza Corea e India. Las plataformas supranacionales Google, Amazon, Facebook y Apple lo saben hace rato.

La supremacía por liderar la revolución digital tiene en 5G su primera gran batalla emblemática. En el imaginario se instaló que quien primero conquiste esta nueva generación tecnológica tendrá el dominio y control del nervio central de la fábrica del futuro, de la industria inteligente, de la Inteligencia Artificial, Internet de las cosas; la salud digital, ciberseguridad, el control de las ciudades inteligentes, la movilidad y la energía.

El flujo del tránsito, el despliegue de nueva infraestructura, la conectividad masiva de dispositivos, sensores y artefactos y la gestión del transporte urbano; la llave maestra de la economía digital, la creación de nuevos empleos y la atracción de los fondos de inversión, el poder de la sustitución de los bienes y servicios tradicionales por sus equivalentes digitales. 

En medio de esta tensión geotecnológica, América Latina estará obligada a tomar partido y no debe dejarse intimidar. Mientras un par de países promueven el veto, el bloqueo, la restricción y la hegemonía tecnológica, nuestra región debe ser el referente de la neutralidad tecnológica, la igualdad de concurrencia de operadores, fabricantes, integradores, proveedores, agregadores, beneficiarse de esa oferta y generar las condiciones para que ocurra esa competencia.

La región debe aprovechar el contexto y construir una visión digital latinoamericana propia e independiente, que exprese el qué, cómo y dónde queremos estar en esta revolución digital, avanzar en el espacio digital común, de un mercado regional compartido, en la integración de los países para promover desarrollo, seguridad y confianza.

América Latina debe jugar un papel en la nueva gobernanza para la era digital, para ello debe tomárselo seriamente, mejorar las capacidades técnicas, ajustar los marcos regulatorios y construir una arquitectura legal que promueva la participación satisfactoria de cada país en este nuevo ecosistema. 

El proteccionismo no es un valor ni un aporte para el progreso de las naciones del continente. América Latina sabe quién termina pagando los costos de una guerra ajena, sabe quién termina recibiendo tecnologías de segunda mano, cerradas y amarradas a proveedores únicos.

América Latina sabe lo que implica que el ecosistema 5G llegue dividido a conquistar este territorio. Sabemos que significa retraso, marginación y exclusión.

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ANÁLISIS

Disney–Fox y la televisión restringida en México

Ramiro Tovar

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Alrededor del caso Disney–Fox se ha generado una discusión que omite varios aspectos fundamentales que, de considerarse, disminuirían las especulaciones e interpretaciones entre el coro de columnistas y editorialistas en los medios. Tales aspectos son los siguientes, a consideración de quien suscribe:

  1. Que es una transacción con causas de origen y efectos globales que responde a la evolución de la estructura de los mercados de propiedad, desarrollo y producción, comercialización y distribución de contenidos, en respuesta a las actuales y futuras plataformas digitales. En particular, en respuesta al advenimiento de competidores basados en servicios OTT (Over-the-top) como Amazon y Netflix. Disney tendrá un portafolio de contenidos que incluirán desde X-Men, Avatar, Toy Story, Mickey Mouse, hasta Marvel, National Geographic, Star Wars y el archivo legendario de películas de la 21th Century Fox. La rivalidad a no perder de vista es Disney vs. Comcast (que adquirió NBC Universal) e incluso con AT&T que adquirió Time Warner.
  2. Que cualquier condicionamiento que se imponga a la transacción de referencia debe de subordinarse a los tratados internacionales, en este caso todavía el TLCAN y en el corto plazo con USMCA o T-MEC, recientemente negociado, y que deberá ser ratificado por los congresos de los tres países, México, Estados Unidos y Canadá, en fecha próxima.
  3. Que en México no hay convergencia plena. La regulación ha protegido al operador que concentra el mercado. Históricamente, ha existido un obstáculo a la competencia en televisión restringida que es singular respecto de cualquier otra jurisdicción nacional. Adicionalmente, esta plataforma de distribución basada en cable coaxial se encuentra protegida de la competencia potencial que le representaría la más extensa red de telecomunicaciones (DSL-FTTH) existente, Telmex, que sin duda ejercería presión competitiva que se traduciría en mejor oferta, más contenidos y menores precios (la TV de paga es el único servicio de telecomunicaciones que en lugar de bajar precios, sistemáticamente van a la alza) en beneficio de los usuarios.
  4. Que hasta la entrada de filiales de canales deportivos de productores no integrados a concesionarios de televisión en el país (Claro Sports, Fox Sports, ESPN), diferentes a los integrados a los contenidos producidos por Grupo Televisa, la competencia por la adquisición y transmisión de tales eventos en exclusiva era inexistente.  La posición dominante de tal agente económico en la operación de sistemas de cable en el país y la integración de canales deportivos, propiedad y exclusividad de eventos y clubes deportivos, son parte de su todavía persistente poder de mercado en televisión de paga y factor determinante en su poder de negociación en dos ámbitos: 1) nacional, frente a operadores independientes de sistemas de televisión restringida (cable o satelital) al proveerles de contenidos en términos y condiciones no competitivos y 2) respecto de los proveedores de contenidos extranjeros que contrata en exclusiva, en ambos casos, los menos favorecidos son los operadores independientes que tienen que pagar sobreprecios por esos contenidos que Televisa tiene en exclusividad.

La resolución de la Comisión Federal de Competencia Económica (Cofece) respeto al caso Disney-Fox muestra una aplicación limitada de los criterios de competencia económica de la legislación nacional respecto de la consistencia con lo resuelto por otras autoridades en la materia en el resto del mundo.

La transacción de referencia ha sido aprobada en todo el mundo, sujeta a algunas condiciones, tanto en Estados Unidos como en Europa, China e India. Tales condiciones se han limitado a la desincorporación de la trasmisión de eventos deportivos locales o de relaciones contractuales como agentes de distribución de películas como proveedores en el mercado de exhibidores de cine como en el caso de México.

El Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) tiene que pronunciarse sobre los efectos de esta operación en los sectores de telecomunicaciones y radiodifusión.

Sin embargo, ni Disney ni Fox son concesionarios de redes públicas de telecomunicaciones o concesionarios de sistemas de radiodifusión, ni son accionistas en alguno de ellos, por lo que el IFT no podrá ir más allá de lo que la Cofece ha resuelto aplicando los criterios de la Ley Federal de Competencia Económica (LFCE) respecto al análisis con fines preventivos de las adquisiciones o fusiones entre agentes económicos.

El IFT, adicionalmente, podría actuar respecto de sus facultades asociadas a “derechos de las audiencias”, pero para ello no requiere, ni podría, resolver medidas tales como condicionar la transacción a desincorporación de activos o imponer ciertas restricciones contractuales en sus relaciones con concesionarios de telecomunicaciones o radiodifusión.

Este caso una es clara evidencia del conflicto competencial y de la incertidumbre que puede generar la existencia de ambos órganos autónomos reguladores en materia de competencia.

La salida a lo que implica esta operación no es el artículo 5º de la LFCE que establece que sólo una entidad, entre la Cofece y el IFT, tendrá competencia en un caso que conozca una u otra, y que serán los Tribunales Colegiados de Circuito Especializados en Materia de Competencia Económica, Radiodifusión y Telecomunicaciones, los que fijarán a cuál le corresponde el caso, pues las facultades y atribuciones de una y otro son distintas.

Por ejemplo, la Cofece es competente y se ha pronunciado respecto de esta operación en los mercados de: a) distribución de películas para salas de cine; b) licenciamiento de contenidos y música para entretenimiento en el hogar para su adquisición y descarga directa; c) entretenimiento en vivo; d) licenciamientos de derechos de propiedad intelectual para libros, revistas, videojuegos, entre otros, pero no así para los efectos de la operación en las  redes de telecomunicaciones.

Por otra parte, en los eventos deportivos, Fox Sports es una alternativa a los canales de televisión restringida de tal género de contenidos pero que están integrados al mayor operador de sistemas de cable del país.

La existencia de contenidos deportivos de producción independiente ha incrementado la variedad y la diversidad de opiniones alrededor de tales eventos. Desincorporar la cobertura de eventos deportivos nacionales producidos por Fox significaría una regresión en la competencia y, por lo tanto, pérdida de variedad en dicho segmento de contenidos.

Al respecto, el Presidente López Obrador expresó: “lo que más me preocupa es que se cobre por ver el futbol, no es mi deporte favorito, pero sí mucha gente ve el futbol, no vaya a suceder de que se dé una autorización que afecte a los consumidores, a los aficionados del futbol”… ”Si afectan al futbol pues no, que se revise este asunto, que se discuta, que se debata; sí son organismos autónomos, pero no son infalibles, no son como el castillo de la pureza, que se vea qué están haciendo y todos tenemos derecho a conocerlo”.

Con tal preocupación en la mira, la operación Disney–Fox puede aumentar su poder de negociación como proveedores de contenidos frente al dominio de operadores de cable como Grupo Televisa, que han ejercido poder sustancial de facto en la distribución y transmisión de eventos deportivos por sus canales abiertos y restringidos, lo que ha derivado en tratamientos diferenciados entre los sistemas de cable integrados e independientes y la persistencia de rentas supra competitivas en el servicio de televisión restringida. Con ello, ha apalancado mayores márgenes dado que el aumento real en las tarifas aplicadas a sus suscriptores es menor que el incremento real en la adquisición de contenidos y programación de entidades nacionales independientes y extrajeras, como son Disney y Fox.

Si el objetivo es menores precios en televisión restringida, incluidos eventos deportivos, y programación exclusiva, se debe antes eliminar la añeja barrera a la entrada a la convergencia de servicios (triple play), permitiendo la concurrencia a todas las redes de telecomunicaciones basadas en cualquier tipo de plataforma tecnológica (DSL, FTTH, móvil, satelital o híbridas).

Tal es el obstáculo de relevancia, antes que esperar resoluciones que favorezcan la posición negociadora de los protegidos por dicha barrera a la entrada desde principios de los años noventa, y que han estado explotando la excepción del artículo 9º transitorio de la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión, respecto al debido proceso de análisis de competencia en sus adquisiciones de sistemas de cable por todo el territorio nacional.

No desviemos la mirada de donde existe realmente un impedimento a la competencia: la permanencia de privilegios injustificados a quienes pueden ofrecer triple play y quienes no; así como tampoco respecto a que la competencia global se dirige al streaming o servicios OTT, por lo que la convergencia de servicios para todas las redes es una condición necesaria.

Sin duda, la solución en México es la tan dilatada pero tan necesaria como anhelada convergencia plena, antes que cualquier otra.

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