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Por qué el bitcoin les ganó a todas las inversiones

Clarín - Ezequiel Baum - 05.06.2017, 07:44
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Dejé pasar bastante tiempo desde que descubrí la historia de Bitcoin y su creador misterioso, Satoshi Nakamoto, hasta que me animé a probar su utilidad financiera. No me preocupaba tanto el tema de la seguridad tecnológica. Desconfiaba más que nada de una moneda cuya emisión no estaba del todo claro a quién beneficiaba.

Como economista, ya había aceptado el principio de realidad que pauta que en las economías modernas el señoreaje se lo quedan los bancos centrales. Alguien en la sociedad fabrica dinero de la nada y, cuando ese dinero nuevo entra en contacto con la economía real mediante intercambios, el que lo emite se queda con una porción del valor que generó esta economía. Puede equivaler a miles de neumáticos, de kilos de azúcar, de litros de nafta, de horas de consultoría y de cualquier cosa que genera esa sociedad.

En términos abstractos, aceptamos la autoridad de un banco central para que nos habilite dinero para intercambiar, poner precios y guardar valor, y le entregamos una parte del valor que generamos a cambio de ese instrumento. Pero con bitcoin no terminaba de enterarme quién se quedaba con el valor en el proceso de emisión. Investigando un poco más sobre el tema, terminé de entender que la seguridad tecnológica y el señoreaje estaban íntimamente ligados. La tecnología que lo pone en movimiento y le da seguridad, blockchain, tiene como funcionalidad elemental que las operaciones donde fulano le transfiere X bitcoins a mengano sean validadas de forma descentralizada.

Esto hace que no exista un sistema de cámaras compensadoras ni una autoridad central, sino que las transacciones quedan en algo parecido a un archivo colectivo (ledger) al que se le agregan bloques de información. El sistema sólo valida operaciones agregándolas como registros nuevos del ledger mediante la resolución de algoritmos de un proceso de encriptación. Ese proceso tecnológico se resuelve a través de una red de participantes que ponen la capacidad de procesamiento informático de sus computadoras a disposición del sistema de validación.

El participante que logre resolver el algoritmo antes que el resto (el proceso implica una competencia dentro de la red), recibe como recompensa una cantidad adicional de bitcoins. Ese proceso se llama minado (mining) porque es ahí donde se agregan nuevos bitcoins al mundo y por eso se los llama mineros a los que ponen el hardware a trabajar en la red. Se requieren computadoras superpotentes y electricidad muy barata. No por nada la mayor concentración de pools de mineros está en China.

En la medida que el costo de minar sea inferior a la eventual recompensa, medida por la cantidad de bitcoins que se recibe y el precio al que cotiza, la cuenta cierra y la red se mantiene operativa (y rentable) y se generan nuevos bitcoins cuando el sistema remunera a los mineros.

Desde el punto de vista monetario, se parece más a encontrar oro que a un Banco Central emitiendo dinero. No por nada el periodista del New York Times Nathaniel Popper tituló Digital Gold al libro que, a mi criterio, es el que mejor resume la historia de bitcoin al menos hasta fines de 2015 que es cuando salió.

Antes de leerlo, sólo había experimentado con bitcoin para traer a Argentina el dinero que me había quedado en mi cuenta bancaria sueca. Viví y trabajé un año allá y, cuando volví, el cepo y el dólar oficial “pisado” hacían imposible y caro intentar sacarlo por cajero automático. Así que probé abrir una cuenta en un exchange, una bolsa online de bitcoin (no requiere agentes intermediarios como las bolsas tradicionales) y se concretan operaciones con un fee muy bajo. A través del exchange podía conseguir bitcoins con el dinero que tenía fuera del país. Luego podía transferirlos de la cuenta en el exchange a una “billetera virtual” y usarlos para lo que necesitara.

Si bien se empezaba a generalizar la posibilidad de pagar con Bitcoin en una cantidad creciente de sitios de internet como Dell, Shopify o Expedia, me interesaba más que nada hacerme de pesos. Sabía que en Argentina había sitios como SatoshiTango o Ripio que venden y compran bitcoin en pesos y cuando vendés te depositan pesos en tu cuenta local. En los hechos, funcionan como una casa de cambio online .

De esa forma pude resolver un problema de disponibilidad de dinero internacional a un costo relativamente bajo. La única precaución que tenía que tomar era que entre el momento en el que transfería mis coronas suecas y compraba un bitcoin hasta el momento en el que lo vendía por pesos, el valor del bitcoin no bajara estrepitosamente. No lleva más que unos minutos. Pero si uno se toma el trabajo de observar la volatilidad del bitcoin, puede encontrar caídas abruptas en pocas horas de 10% o incluso más. Pero también hay subas interesantes.

Estamos hablando de la posibilidad de ganar en una hora el doble de lo que paga un bono argentino por año. O de perder todo, como narra Popper en el libro, donde reconstruye con lujo de detalles la historia de la caída de Mt Gox, el primer exchange que se volvió superpopular y de donde en 2013, hackeo mediante, desaparecieron millones de dólares de las cuentas de sus clientes. No sólo les generó pérdidas a sus usuarios, también funcionó como un cisne negro que llevó al bitcoin de cotizar arriba del primer récord de US$1.100 dólares en diciembre de 2013 a promediar los US$800 al mes siguiente. Eso representó una pérdida del orden del 25% en dólares para cualquiera que haya comprado bitcoin en esas semanas.

Ese hito fue el preludio de un ciclo bajista que tocó mínimos de casi US$200 durante 2015. Sin embargo, en mayo de 2017 alcanzó valores récord de US$2.700. ¿Qué puede explicar que alguien compre algo que suena tan delirante como una moneda digital y, dos años más tarde, la venda multiplicando por diez o más los dólares que desembolsó?

Si bien el bitcoin no es la única moneda digital, es la más conocida y la de mayor capitalización medida por la cantidad de bitcoins que existen y su valor de mercado. Actualmente hay alrededor de 16 millones que, a valores de fines de mayo (US$2.000), representaun valor de mercado de US$32.000 millones.

Una de las características que lo hace interesante a largo plazo es que la cantidad de bitcoin que serán minados tiene un número límite: 21 millones. Es parte del protocolo que fijó Satoshi Nakamoto. A partir de ese momento, con la oferta fija, la demanda moverá el precio. Podría pasar algo similar a lo que le sucedería al precio del oro cuando se extraiga la última onza. Eso le da un fundamento alcista muy potente en el largo plazo. Y al igual que el oro, en contextos de liquidez excesiva en el mundo, el bitcoin puede funcionar como un commodity digital, con un precio que sube mientras alrededor se apilan billetes que valen cada vez menos.

En el corto plazo también hay factores que pueden alterar la dinámica de oferta y demanda. Uno de los más mencionados en los sitios especializados es el de los millonarios chinos que para fugar su riqueza compran bitcoin con yuanes, calentando la demanda. Luego los venden a cambio de dólares fuera de China, tirando los precios para abajo. Bitcoin también puede reaccionar a eventos como la proliferación de secuestros informáticos como el reciente virus WannaCry, donde el pago del rescate de los archivos comprometidos se exigía en esa moneda, aprovechando la capacidad de anonimato que permite su tenencia, algo que tiraría los precios para arriba si un virus como estos se expande de forma caótica.

El otro motivo que puede mover los precios en el corto plazo es la especulación por la proliferación de ciudadanos de Occidente que quieren sacar parte de su dinero del sistema financiero. La inminente cooperación internacional para cruzar información y encontrar evasores es en definitiva otro factor que también da pistas sobre las posibles razones del último ciclo alcista.

Muchos sitios, de hecho, ofrecen la posibilidad de usar tarjetas de débito para realizar pagos con bitcoin, transacciones que quedan fuera del radar del fisco, similar a lo que hacían muchos poseedores de cuentas bancarias off shore. Pero en una moneda mucho más inestable.

 

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