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Desconectados, ¿y ahora qué?

Noticel - Heidi J. Figueroa Sarriera - 10.10.2017, 06:47
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En el medio de la crisis de las telecomunicaciones en Puerto Rico como consecuencia de los estragos ocasionados por el huracán María, escuché en muchas ocasiones tanto en la radio como en conversaciones cara a cara el tema de que ahora que no tenemos internet podemos dedicarnos a otras cosas. Entre ellas, rescatar nuestras tradiciones y juegos de la niñez, conocer al vecino, entablar conversaciones cara a cara con un desconocido en la larga fila del agua, de la máquina de ATH, para echar gasolina o para entrar a un supermercado con los estantes casi vacíos.

Ciertamente son sugerencias útiles como intento de mitigar una situación extremadamente crítica que atenta contra la seguridad de todos. No debemos olvidar que gran parte del disloque en la prestación de servicios básicos de protección, rescates, distribución de suministros de todo tipo, etc.  en gran medida están atados al sistema de las telecomunicaciones. Entrando en la tercera semana post-María todavía no se han restablecido las telecomunicaciones con una funcionalidad aceptable. Esto es así muy a pesar de todas las cifras infladas de recuperación de cobertura que las autoridades han ventilado y que todos sabemos que no reflejan en lo absoluto la realidad, independientemente de los esfuerzos en curso.

En el 2006-2007 llevamos a cabo una investigación sobre el uso del teléfono celular en Puerto Rico en un momento donde el uso del teléfono inteligente o smartphone no estaba generalizado. En ese entonces las entrevistas realizadas reflejaban al menos tres temas recurrentes asociados a la importancia del teléfono celular en la vida de la gente. En primer lugar, se mencionaba la precariedad económica y en general, en los modos de vida y la importancia del teléfono celular para gestiones de trabajo, resolver problemas de la vida cotidiana, así como lidiar con las dificultades de una infraestructura en crisis. En segundo lugar, se mencionaban las limitaciones existentes antes del teléfono celular para mantenerse en contacto con familiares y amigos viviendo en Estados Unidos y otros lugares del mundo por los altos costos de la comunicación. En tercer lugar, las entrevistas señalaban la dificultad para comunicarse por otros medios como el correo electrónico por la falta de acceso a Internet de los familiares en Estados Unidos y cómo el teléfono celular proveía un acceso comunicativo más rápido y directo. Diez años después la telefonía celular ha evolucionado y se ha ampliado enormemente la penetración del teléfono celular inteligente. Sus aplicaciones (apps) permiten tener acceso online para una multiplicidad de gestiones y formas comunicativas. Sabemos que estos desarrollos han ampliado y facilitado enormemente el rol de las telecomunicaciones en nuestra sociedad. Para un amplio sector de nuestra sociedad el celular no es solo un aparato para “hablar”, sino también para “estar”.

No solo se trata de comunicar como sinónimo de hablar o informar, se trata de una función mucho más profunda, se trata de producir presencia. Cuando usamos telefonía celular hablamos, pero también enviamos y recibimos textos, fotos y vídeos. En otras palabras, las telecomunicaciones no solo permiten llenar el vacío de la desinformación, sino que hace a la persona presente, le permite ser testigo y ser reconocido como agente que actúa, aunque esté a distancia geográficamente.  En la vida cotidiana las telecomunicaciones permiten que la persona gestione la vida propia y también pueda incidir en los espacios vitales de amigos, socios, clientes y familiares.

Haber vivido un devastador huracán, súbitamente quedar desconectado y que un familiar o amigo en el extranjero te describa las imágenes de devastación del País a través de un teléfono de línea que para colmo dejó de funcionar pocos días después genera desasosiego a nivel personal. Desasosiego aquí y desasosiego allá, donde habitan nuestros amigos y familiares que no podían comunicarse con sus seres queridos en un momento trágico, era y es uno de los temas obligados a través de las pocas ondas radiales funcionando. Pero sobre todo esta situación habla de la incapacidad -por no decir irresponsabilidad- de las compañías proveedoras de telecomunicación para prevenir y responder adecuadamente ante la crisis. De esta experiencia creo que debemos aprender dos lecciones básicas. Primero, que es tiempo de adjudicar responsabilidades con nombres y apellidos. Como consumidores debemos exigir respuestas, explicaciones y medidas preventivas para futuras situaciones análogas. Segundo, que la Junta de Reglamentación de las Telecomunicaciones debe tener mayor injerencia en las condiciones de operación de estas compañías en Puerto Rico y sus planes para garantizar un servicio de calidad y continuidad.

Es cierto que si no hay acceso online siempre podemos hacer otra cosa. Pero no es menos cierto que en el mundo contemporáneo que nos ha tocado vivir si queremos un plan de desarrollo económico y social viable debemos empezar a hablar de reconstrucción, pero con nuevos términos y condiciones. Para ello las tecnologías de telecomunicaciones no son accesorios decorativos sino herramientas esenciales y vitales.

 
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