Jueves, 14 de diciembre del 2017
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 La condición tecnológica representa un momento determinante en nuestros días. De la misma manera que el análisis realizado en su momento por Jean-Francois Lyotard, bajo el título La condición postmoderna (1979), la tecnológica es pertinente analizarla para demostrar la realidad de nuestra cultura actual como expresión del análisis del progreso. Hace más de 30 años el filósofo francés hizo notar el avance y el desarrollo económico de las sociedades postindustriales como generadoras en el ámbito de la cultura de un nuevo paradigma cultural, en el que cayeron todas las grandes concepciones o cosmovisiones por las cuales el ser humano occidental había vivido. Hoy vemos que a partir de ese momento ya nada ha sido igual, puesto que no hay fijación en el tiempo y todo es cada vez más efímero.

Esta primera entrega del Centro de Estudios de Cultura Digital Mediatelecom busca mostrar esos mismos cambios estructurales generados por la tecnología en las generaciones que van de las sociedades postindustriales a la primera década del siglo XXI.

Lyotard nos permitió ver cómo la explosión de la tecnología de la información, la cibercultura y la realidad virtual aumentaron el sentido de la diversificación de la experiencia. El objetivo de su trabajo tuvo la mirada puesta en el saber (el conocimiento) en las sociedades más desarrolladas. Observó detenidamente cómo tal condición designaba las transformaciones culturales que han afectado las reglas de juego de la ciencia, la literatura, las artes con relación a la crisis de los relatos; entendidos éstos como discursos legitimadores de ciertas verdades parciales que durante décadas permitieron un alto grado de certidumbre. Hoy, esa certidumbre ya no existe, han caído los grandes relatos al pasar de la modernidad a la modernidad líquida de la que habla Zygmunt Bauman (2003).

Al hablar del saber en las sociedades informatizadas,  Lyotard planteaba la hipótesis de que el saber modificaba su estatuto al mismo tiempo que cambiaba a las sociedades y entraban en lo que se conoce como la era postindustrial y en las culturas en la edad llamada postmoderna. Un proceso que comenzó a fines de los años cincuenta y que para Europa marcó el fin de su reconstrucción. Para el citado filósofo el saber científico era una clase de discurso que en la sociedad de entonces estaba validado por un discurso, legitimado por el lenguaje, por los discursos construidos a su alrededor, por las informaciones y los medios de comunicación que informan, por las teorías de la comunicación y la información… El saber estaba afectado en sus dos funciones principales, la investigación y la transmisión del conocimiento. Se enfrentaba al problema de siempre, la legitimación de los saberes, hoy eso ya no está a discusión.

En la actualidad es triste reconocerlo, pero estamos en condiciones de afirmar que el único monopolio que aún conservan las universidades, que durante siglos fueron legitimadoras del conocimiento, es la expedición del título. La explosión y multiplicación de las máquinas culturales (aparatos receptores, smartphones, televisores, sistemas de audio y video) afectó considerablemente la circulación de los conocimientos, de la misma manera que lo hizo el desarrollo de los medios de desplazamiento, del ser humano primero, con el transporte por ejemplo, y del sonido e imágenes después, con el multimedia. Decía Octavio Paz que a cada explosión de la comunicación correspondía una implosión del pensamiento. Esta es la esencia y el eje rector del Centro de Estudios de Cultura Digital Mediatelecom, analizar la implosión del pensamiento a partir del desarrollo tecnológico y su impacto en la sociedad. Es aquí donde encontramos pertinente enmarcar el trabajo de Lyotard, un estudio que supo ver la forma como se abrió un nuevo campo para las estrategias industriales, comerciales, militares y políticas. En la mitad del siglo pasado los países tenían claro que ya no era necesario pelear por territorios, materiales y mano de obra, sino por el dominio de la información, los saberes y el conocimiento; pasaron así de la geopolítica a la geocultura, a la conquista de las denominadas industrias culturales o creativas.

Los efectos de la convergencia tecnológica

A principio de los años ochenta el politólogo del Instituto Tecnológico de Massachusstes (MIT), Ithiel de Sola Pool, fue el primero en proponer el concepto “convergencia” como una fuerza de cambio en el seno de las industrias culturales: “un proceso llamado convergencia de modos está difuminando las líneas entre dos puntos como el correo, el teléfono y el telégrafo, y las comunicaciones de masas, como la prensa, la radio y la televisión”.

De Sola Pool observó que un solo medio físico, de cables u ondas electromagnéticas podía transmitir servicios que en el pasado se proveían por caminos separados. Inversamente, un servicio provisto en el pasado por un medio determinado como la radio, la televisión, la prensa o la telefonía, se comenzaba a ofrecer por varios medios físicos distintos. Se está erosionando, decía, la relación uno a uno que solía existir entre un medio y su uso.

Desde las batallas por la convergencia redefinirían el rostro de la cultura popular. En efecto, posterior a la visión de De Sola Pool, otro grupo de especialistas predijo un par de años después con admirable precisión que para 1995 cerca de 90 por ciento de los medios de comunicación se concentrarían en quince compañías.

La concentración empresarial de las industrias culturales

Por el investigador Herbert Schiller (1993) sabemos que el periodista y entonces decano de la Escuela Superior de Periodismo de la Universidad de California (Berkeley), se había percatado al término de una investigación, que más tarde sería su primer libro, El monopolio de los medios (1983), que eran 50 las corporaciones que controlaban la mitad o más de la industria de la comunicación en el mundo.

En 1986, al terminar la revisión de su material para una segunda edición, éstas se habían reducido a 29 y un conteo final reportaba 26. Este fenómeno era impulsado por las consolidaciones empresariales de los años ochenta que colocaron a ciertas industrias en el centro financiero e informativo de la economía trasnacional corporativa (Lara, 2009). Columbia Pictures, por ejemplo, fue comprada en 1982 por Coca-Cola y siete años más tarde cayó en manos de Sony; la empresa ABC dirigida por Capital Cities protagonizó una transacción histórica sólo opacada por la de otro conglomerado denominado Multimedia, que vendió siete estaciones de televisión a Rupert Murdoch y a un socio por 2 mil millones de dólares, cuando Murdoch ya era dueño de 20th Century Fox. Con esta adquisición el ahora magnate de los medios lanzó una cuarta cadena de televisión en la unión americana.[1]

Una década atrás la Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), aprobó la creación de un programa de investigaciones comparadas sobre las industrias culturales.[2] En uno de los apartados del Programa y Presupuesto aprobados para 1979-1980, se estipuló que en colaboración con instituciones nacionales e internacionales, públicas y privadas, el organismo emprendería investigaciones comparadas sobre la función y el lugar de las industrias culturales en el desarrollo cultural de las sociedades. Los especialistas del organismo se preguntaban bajo qué condiciones sería posible movilizar la potencia de las industrias culturales en beneficio del desarrollo cultural y, en general, fomentar el enriquecimiento mutuo de las culturas y el progreso de universalización en curso, manteniendo al mismo tiempo la identidad cultural de cada pueblo y dándole unos medios que le permitan dominar su propio desarrollo.