Sábado, 21 de octubre del 2017
Idioma Es Pt En

Transmodernidad y transhumanismo. ¿Hasta dónde puede llevarnos el avance tecnológico?

- 26.04.2014, 14:04
disminuir el tamaño de la fuente aumentar tamaño de la fuente

En la entrega anterior vimos cómo la condición tecnológica ha sido determinante en el desarrollo generacional de quienes nacieron y vivieron durante el siglo pasado y quienes lo hicieron con el nuevo milenio. Analizamos el tránsito de la modernidad a la modernidad líquida que sugiere Bauman y los efectos que trajo consigo este cambio de paradigma a través del desarrollo tecnológico.

Hoy nos instalaremos en la configuración teórica de la transmodernidad propuesta por la catedrática española Rosa María Rodríguez, para hablar del denominado “transhumanismo” y ver no sólo hasta dónde está llegando la tecnología, sino también la endocolonización tecnológica en los seres humanos que podrían estar perdiendo esta categoría dentro de unos años para adoptar la de seres vivos. El giro histórico que experimentamos como sociedad, al pasar del mundo de las certezas de la modernidad, donde el tiempo tenía historia gracias a su capacidad de contención, a un mundo en el cual el tiempo depende de la tecnología de los medios de transporte artificial, donde los límites heredados de la velocidad de movimiento pueden transgredirse, nos permitirá analizar las mutaciones de la cultura en la era de su distribución electrónica, de la que habla el investigador español José Luís Brea.[1]

La transmodernidad como experiencia de vida la percibimos como la reducción del espacio y la aceleración del tiempo. La vieja expresión de “matar el tiempo” es inusual, entre otras cosas, porque ya no es posible disponerse a matar el tiempo, es éste el que nos mata a nosotros. En el plano teórico, la transmodernidad ya no es sólo entendida a partir de la afirmación postmoderna de la imposibilidad de esos grandes relatos de los que hablaba Lyotard, sino un paradigma que presenta un modelo global de comprensión de nuestro presente.[2]

Para la especialista Rodríguez Magda sí existe un nuevo relato en la actualidad que puede ser objeto de estudio de la transmodernidad: el de la globalización; un nuevo gran relato que no obedece al esfuerzo teórico o socialmente emancipador de las metanarrativas modernas a las que estábamos acostumbrados, sino al efecto inesperado de las tecnologías de la comunicación, la nueva dimensión del mercado de la geopolítica y, agregaríamos, de la geocultura. Recuérdese todo lo analizado en la entrega anterior, particularmente los efectos de la convergencia tecnológica y la concentración empresarial de las industrias culturales que están determinando el  nuevo consumo cultural del mundo.

Es por ello que, a partir de los efectos generados por las tecnologías de la comunicación en la nueva dimensión de los mercados y su impacto en la sociedad, Rodríguez Magda propone observar la configuración del presente con sus modificaciones bajo el nuevo paradigma trans y no propiamente del post, ni del principio de licuefacción propuesto por Bauman, quien prefiere hablar de modernidad líquida, dado que el prefijo “trans” connota la forma actual de trascender los límites de la modernidad, basado no sólo en los fenómenos transnacionales, sino en la primacía de la transmisibilidad de la información en tiempo real, lo mismo que la transculturalidad, donde señala que la creación remite a una transtextualidad y la innovación artística es concebida como transvanguardia.[3]

En ese sentido, “la transmodernidad constituye la descripción de una sociedad globalizada, rizomática, tecnológica, gestada desde el primer mundo, enfrentada a sus otros, a la vez que los penetra y asume; en segundo lugar, constituye el esfuerzo por trascender esta clausura envolvente, hiperreal, relativista”[4]. Nos habla de comunidades transnacionales basadas en la religión, estilos de vida generacionales, respuestas ecológicas, identidades raciales, estructuras transnacionales en el mundo laboral, cultural y financiero. Más concretamente, se refiere a ese “gran hecho” que propone analizar denominado globalización, el cual exige nuevos dispositivos teóricos para entender mejor el abandono de la representación ante el reino de la simulación, una simulación que se sabe real[5].

En síntesis la transmodernidad no es una meta, sino la descripción de la situación en la cual nos encontramos, un punto de no retorno ante nuestras antiguas certezas, donde la emergencia de lo virtual nos sitúa, más allá de la antigua metafísica, en los retos de una nueva ciberontología de la hegemonía de la razón digital que menciona Rodríguez Magda, quien advierte que esto comporta un compromiso ético y político ante la amplificación y modificación de la realidad que ha hecho la realidad virtual, que se nos presenta ya como virtualidad real.


Transhumanismo: ¿una ciencia ficción tomada demasiado en serio?

Así es como se nos presenta el denominado “transhumanismo”, una filosofía centrada en la creencia de que una nueva especie humana es posible a partir del aprovechamiento de la tecnología selectiva, utilizada para la creación y el diseño de hijos perfectos, el aumento del rendimiento físico, el control de las emociones y la prolongación de la vida misma.

Esta línea de pensamiento, que ha rebasado la línea de la ficción, es decir, ya es una realidad presente en un importante número de países, México entre ellos, hace uso de la tecnología para borrar dos características determinantes de la materia viva: la temporalidad y el envejecimiento, conceptos reducidos a enfermedades que pueden ser combatidas. Como filosofía de vida, el transhumanismo promete un estado de bienestar basado en la endocolonización tecnológica, marcando así la tendencia actual de la simbiosis del ser humano: cada vez menos con la naturaleza, cada vez más con la tecnología. Estamos ante lo que hace poco más de dos décadas el teórico cultural Paul Virilio señaló como el término de la evolución natural, debido a la endocolonización de la tecnología en el cuerpo humano, esa invasión que se acentuó primero en los denominados ciborgs, seres formados por materia viva y dispositivos electrónicos, según la Real Academia de la Lengua.[6]